Educación emocional: cómo acompañar rabietas, colapsos y emociones intensas
Las emociones acumuladas también necesitan salir
En muchos niños, lo que vemos como una “estallido emocional no es lo que pasó en ese momento, sino todo lo que se ha ido acumulador a lo largo del día. En la escuela, en entornos sociales o ante exigencias constantes, muchos niños y niñas hacen un gran esfuerzo por adaptarse, regularse y responder a lo que se espera de ellos.
Cuando llegan a un espacio donde se sienten seguros —como en casa—, esa contención ya no es necesaria, y es entonces cuando aparece lo que solemos considerar una «rebequería». Pero no es una pérdida de control sentido ni, a menudo, una forma de «manipular», sino una manera de liberar tensión, cansancio y emociones que no han podido expresar antes.
Entenderlo así nos permite cambiar la mirada: no se trata de corregir la conducta, sino de acompañar con amor, comprensión y límites un sistema emocional que se está descargando todo aquello que ha sostenido durante demasiado tiempo.
Acompañar las emociones de los niños no es enseñarles a “controlarse”, sino a aprender a entender qué están comunicando con lo que sienten.
También es aceptar que sentir X emoción no hace a las personas buenas o malas y por lo tanto, es necesario crear espacios para poder expresar de forma sana aquello que se siente, sin reprimir las emociones incómodas. Es decir, un niño o niña puede estar muy enfadado y tiene derecho a estarlo y a expresarlo. de forma sana. Porque la emoción en sí no está «bien» o «mal». Todas las emociones aportan información imprescindible para vivir (y sobrevivir).
Cuando una emoción es intensa, ¿qué nos está diciendo el sistema nervioso?
En bebés (y también en adultos), a veces vemos reacciones emocionales que no parecen “proporcionales” a la situación, como llantos intensos, gritos repentinos, bloqueos… sobre todo en el caso de bebés pequeños, cuyo sistema nervioso aún está inmaduro, o de personas muy sensibles (especialmente las neurodivergentes). Pero gracias a la neurociencia sabemos que esto tiene otra lectura mucho más útil y compasiva: cuando una emoción es muy intensa ante un estímulo que no es objetivamente peligroso, a menudo nuestro sistema nervioso está activando una memoria emocional antigua.
Es decir, en algún momento del pasado, se vivió una situación similar que fue dolorosa —emocional o físicamente—, y el cerebro lo registró como una posible amenaza. Este, que es muy literal, cuando detecta un patrón conocido, activa respuestas de supervivencia como si estuviera sucediendo de nuevo. Por lo tanto, inicia la descarga de neurotransmisores asociados al estrés y la preparación del cuerpo para respuestas de defensa, huida o bloqueo.
No es, por tanto, una “reacción exagerada”, sino una respuesta neurobiológica coherente con la percepción de peligro.
Cuando este sistema de alerta se mantiene activo, a menudo aparecen las rumiaciones: pensamientos repetitivos, circulares y poco resolutivos que intentan dar explicaciones o anticipar peligros para «prepararnos» y protegernos de ellos. En la práctica, sin embargo, generan malestar y no ayudan mucho a protegerse, pero sí provocan
- Dificultad para calmarse
- Preocupación constante
- Interpretaciones rígidas de la realidad
- Aumento de la ansiedad
En estos momentos de estrés, intentar razonar para hacerles bajar la angustia, el miedo o la ira puede no funcionar de entrada y habrá que ayudarle a «desactivar» los mecanismos que desencadenan la angustia, el miedo o la emoción que sea, ya que en estos casos no son emociones que respondan a una realidad, sino la respuesta a un recuerdo doloroso. Trabajar aquel recuerdo, hacer consciente al niño o la niña de que aquello que pasó no está pasando en este momento y ayudarle a generar estrategias para protegerse si aquello que le incomoda se repite es imprescindible.
Asimismo, minimizar el impacto de las rumiaciones también es importante. Las afirmaciones positivas, la respiración consciente o la meditación guiada son herramientas que ayudan a cambiar el diálogo interno promueven la calma a partir de las experiencias repetidas de seguridad y validación emocional.Así como crear espacios en el aula o en casa cómodos, acogedores y con diferentes «juguetes» sensoriales, cuentos, texturas... donde volver a la calma. Quizás, después de golpear los cojines, gritar o utilizar alguna herramienta de gestión emocional, como nuestras tarjetas, Sentir para Crecer, disponibles a la Tienda de Etsy Racó de la Calma.
Las personas neurodivergentes somos propensos a este tipo de pensamientos intrusivos, ya que tendemos a recibir más penalizaciones por nuestro comportamiento «desajustado». El sistema nervioso tiende a ser más sensible y, por tanto, a percibir más información del entorno y, por tanto, se sobrecarga antes que el de las personas neurotípicas y colapsa. Momento en el cual, pueden aparecer emociones intensas y la amonestación del entorno, que a menudo juzga el comportamiento de exagerado.
Si el proceso se repite a menudo, aparece el enmascaramiento, una estrategia de supervivencia para evitar, precisamente, las reacciones adversas del entorno. Esta consiste en dejar de mostrar ciertas reacciones para parecer «normal» (sea lo que sea lo que esto signifique…). Con la’enmascaramiento, entonces, desaparecen las estrategias de regulación emocional.
El primer paso para evitar (o al menos acompañar) un colapso es permitir (y permitirnos) expresar los sentimientos y emociones.
Cuando el adulto se permite llorar, enfadarse, poner límites… el niño, que aprende por imitación, también lo hará. Y es más probable que antes de llegar a un momento de descontrol absoluto (una «regalía», por ejemplo) dé señales de su estado emocional y podamos acompañarlo mejor.
No siempre podremos evitar un berrinche (tampoco podremos evitar siempre un colapso emocional y/o sensorial), ¡ni es necesario hacerlo! Los niños necesitan aprender a gestionar la frustración, los límites y, en definitiva, las dificultades a través de la práctica. Hay que saber, pues, que las «rabietas», los llantos intensos, los gritos, en definitiva la expresión de la rabia o la tristeza… no son una señal de mala educación, sino de la incapacidad de sostener (todavía) lo que están viviendo. Con práctica, acompañamiento y límites (no todo está permitido y esto deben tenerlo claro para su propio desarrollo saludable), aprenderán. De la misma manera que aprenderán a protegerse de los entornos, las personas y las situaciones que les provocan estos sentimientos… ¡si los dejamos!
