Autismo
"El amor es el lenguaje universal que conecta corazones, incluso cuando las palabras escasean."
Kerry Magro
¿Qué es el autismo?
Según el DSM V, abreviatura de «Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders» (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales), el autismo, bajo la nomenclatura de TEA, es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por dificultades en la comunicación social y la presencia de comportamientos repetitivos o restringidos. Este diagnóstico identifica patrones específicos de comportamiento, intereses o actividades, así como una sensibilidad única a estímulos sensoriales. Sin embargo, es importante reconocer que las manifestaciones del autismo varían ampliamente de una persona a otra.
Por otro lado, la perspectiva de la neurodiversidad —que emerge como un movimiento social y académico a finales del siglo XX impulsado por activistas e investigadores autistas y defensores de los derechos de las personas con diversidad funcional con el objetivo de promover una comprensión más positiva y respetuosa de las diferencias neurobiológicas— rechaza el término TEA por considerar que el autismo es una característica neurobiológica y no un trastorno. A menudo se prefieren los términos CEA (condición del espectro autista) o EA (espectro autista) en contrapartida a lo que se considera una visión capacitista, discriminatoria y poco arraigada a la realidad.
Considera el autismo, además, una variación natural de la diversidad humana, valorando más allá de las dificultades (que existen y requieren apoyo) las habilidades únicas que las personas autistas aportan a la sociedad, como la percepción detallada y la creatividad. Este paradigma se fundamenta en la idea de que la diversidad cognitiva, emocional y conductual es inherente a la naturaleza humana. Surge como una respuesta crítica a las visiones patologizadoras de las diferencias neurobiológicas. A través de la promoción de la comprensión, el respeto y el apoyo, el paradigma de la neurodiversidad busca crear un entorno inclusivo donde las personas autistas puedan desarrollarse y contribuir a su máximo potencial.
Un poco de historia
La palabra autismo proviene del término latino autismo, en la base del cual hay la palabra griega autobuses (uno mismo), y surgió en 1911 para designar una de las características de la esquizofrenia: la pérdida de contacto con la realidad. Para Eugen Bleuler, consistía en un mecanismo de defensa secundario a la disociación de ideas y sentimientos propios de la esquizofrenia (Pacheco, 2018). Y aunque posteriormente se fue redefiniendo, sigue siendo muy vigente la connotación negativa. De hecho, si se busca su significado en el diccionario, obtendremos dos acepciones: la primera hace referencia a una característica patológica de la personalidad de encerrarse en sí misma; la segunda es el término médico según el cual se trata de un trastorno del desarrollo que afecta la interacción social y la comunicación, así como por la aparición de patrones de comportamiento restringidos, repetitivos y estereotipados (Real Academia Española, 2023).
En 1943 se separó definitivamente de la esquizofrenia por su aparición temprana, entre otros síntomas, con los trabajos de Léo Kanner y Hans Asperger (Pacheco, 2018). Esto supuso un gran avance para la comprensión de la condición, aunque las perspectivas de los diferentes autores eran diferentes: si Kanner puso énfasis en la importancia del autismo como una condición del desarrollo, Asperger describió comportamientos que se parecían más a un trastorno de la personalidad e informó que los padres de sus casos mostraban problemas similares (Rosen et al., 2021).
Entre los años sesenta y setenta del siglo pasado se avanzó mucho en la conceptualización y diagnóstico del autismo: se creó la primera lista de verificación para evaluar los posibles rasgos de autismo; aparecieron diversas líneas de investigación que coincidían en su diferenciación respecto a la esquizofrenia, ya que no se consideraba una manifestación temprana de esta, y autores como Rutter en 1978 propusieron nuevas definiciones que incluían capacidades lingüísticas y sociales deficientes, intereses restringidos y conductas repetitivas desde edades tempranas. Esta perspectiva fue incluida en el DSM-III (Rosen et al., 2021). Además, la Sociedad Norteamericana para Niños Autistas propuso otra definición que incluía ritmos y secuencias de desarrollo inusuales y ponía énfasis en la hipo e hipersensibilidad al ambiente (Rosen et al., 2021).
Con el DSM-V (American Psychological Association, 2023) se abandona la multiplicidad de subcategorías presentes en las versiones anteriores (como síndrome de Asperger, trastorno autista…) y se apuesta por una perspectiva única: el trastorno del espectro autista o TEA, el cual se caracteriza por una presentación muy variada entre las diferentes personas. Sin embargo, en la práctica escolar y en otros ámbitos, estas clasificaciones siguen estando muy presentes, al igual que el debate en torno al concepto mismo, que sigue sometido a interpretaciones diversas y a menudo opuestas. Esto hace que los criterios actuales en que se basan la mayoría de los profesionales para su diagnóstico todavía estén lejos de ser considerados como definitivos (Artigas-Pallarès y Paula, 2012).
Autismo en positivo
A pesar de que a menudo se subestiman o infravaloran, el autismo conlleva una serie de habilidades muy positivas que aportan muchas ventajas, como por ejemplo
- La detección de patronesEl cerebro autista procesa la información de tal manera que detecta de forma muy rápida patrones y relaciones de similitud.
- Una memoria muy detallada, que almacena gran cantidad de estímulos y muy vívidos, lo que provoca mayor facilidad para conectar ideas o hechos que para otras personas no son evidentes.
- Análisis mental y detallada. Este es el motivo por el cual muchos niños y niñas autistas prefieren jugar a pasar las páginas de un cuento o a dar vueltas a las ruedas de un coche de juguete, ya que les gusta analizar los elementos de forma detallada, por partes, comprobar los mecanismos que provocan el movimiento de las piezas, etc. A menudo se ha considerado que se trataba de falta de imaginación y de una incapacidad para jugar “correctamente” cuando se trata de una manifestación temprana de una característica cognitiva a valorar.
- Gran capacidad de concentración en tareas específicas (hiperenfoque) que porta la persona a una gran pericia y profundidad de conocimientos en los ámbitos de su interés.
- Resolución de problemas de una manera no convencional.
- Alta sensibilidad emocionalLa llamada “empatía autista”, a diferencia de lo que se suele creer, tiende a ser mayor que en la población neurotípica. Aun así, las dificultades/diferencias respecto a las convenciones sociales que aparecen al expresarla ocasionan la falsa creencia de que las personas autistas no son empáticas y/o son muy planas emocionalmente. Es necesario diferenciar entre lo que las personas sienten y lo que el resto percibe/interpreta de su comportamiento, ya que las formas de expresión emocional autistas son diferentes de las neurotípicas, pero esto no invalida sus sentimientos.
- Alta sensibilidad ambientalLas personas autistas suelen percibir los estímulos sensoriales (sonidos, luces, olores, tacto…) con mayor intensidad que la mayoría, lo que explica su mayor capacidad para captar detalles y matices que a la mayoría se le escapan y, en consecuencia, para almacenar recuerdos mucho más detallados. Por el contrario, esto es la causa de las “sobrecargas sensoriales”; una herramienta para evitarlas es realizar un perfil sensorial, ya que no todas las personas autistas son hipersensibles a todos los estímulos (pueden ser sensibles a los auditivos pero no a los táctiles…) e incluso hay quienes son hiposensibles y no registran, o registran con muy baja intensidad, ciertos estímulos o algunos de ellos; alrededor del 90 % presenta un trastorno del procesamiento sensorial (es decir, una condición que provoca una discrepancia significativa entre la intensidad del estímulo y cómo lo percibe la persona). Sin embargo, también es importante tener en cuenta que, en algunos ámbitos, las personas autistas pueden ser menos sensibles que la población general a ciertos estímulos sensoriales, por lo que es posible que necesiten subir el volumen de la música o que les resulte difícil detectar señales de hambre, dolor… por lo que necesitan desarrollar estrategias para satisfacer sus necesidades básicas, incluso cuando no siempre son conscientes de lo que necesitan.
Esto se debe a que un porcentaje muy y muy alto de personas autistas presentan un trastorno del procesamiento sensorial (TPS), por lo que es muy necesario que se hagan un perfil sensorial para saber en qué áreas son hipersensibles (y necesitan generar estrategias para no llegar a la saturación sensorial) y en cuáles otras son hiposensibles (y necesitan mayor intensidad para registrar los estímulos).
Teorías evolutivas
Diversas teorías evolutivas han intentado explicar por qué las características propias del autismo podrían haber tenido un valor adaptativo a lo largo de la historia de la humanidad. Estas hipótesis parten del supuesto de que la neurodiversidad no es una anomalía, sino una expresión natural de la variabilidad humana, con roles diferenciados pero complementarios dentro de los grupos sociales.
Una de las teorías más conocidas es la del “forrajeador solitario”, propuesta por Christopher Badcock y Bernard Crespi. Según esta hipótesis, las personas con rasgos autistas podrían haber sido especialmente eficientes en tareas que requerían concentración individual, autonomía y resistencia a las presiones sociales. En contextos prehistóricos, estos individuos habrían destacado como observadores del medio natural, cazadores silenciosos o creadores de herramientas, contribuyendo de manera fundamental a la supervivencia del grupo mediante habilidades analíticas y una fuerte memoria visual y procedimental.
Desde otra perspectiva, Simon Baron-Cohen ha propuesto la teoría del cerebro sistematizador, según la cual el autismo se asocia con una capacidad elevada para entender sistemas lógicos y regularidades. Este estilo cognitivo habría sido altamente útil en entornos donde era necesario desarrollar tecnologías primitivas, comprender patrones de comportamiento animal o predecir fenómenos naturales. Así, las personas con autismo podrían haber desempeñado un papel esencial como guardianes del conocimiento y creadores de sistemas útiles para el grupo.
Otros autores, como Thomas Armstrong y Steve Silberman, defienden que la variabilidad cognitiva, incluidos los rasgos autistas, es una estrategia colectiva de adaptación. Según esta visión, la supervivencia de los grupos humanos no dependía solo de las habilidades sociales o físicas, sino también de la presencia de personas con capacidades excepcionales en la observación, la perseverancia, la resolución de problemas y la especialización en tareas concretas. En este sentido, la neurodiversidad enriquecía al grupo con perspectivas complementarias, haciéndolo más resiliente y eficiente ante los retos ambientales.
También hay que destacar la teoría del procesamiento perceptivo mejorado, desarrollada por Laurent Mottron y Michelle Dawson, según la cual las personas con autismo presentan una capacidad superior para percibir detalles y un procesamiento de información menos influido por el contexto social. Este perfil cognitivo habría sido ventajoso en actividades que requerían alta precisión, como la clasificación de plantas, la fabricación de herramientas o la detección de cambios sutiles en el entorno.
Finalmente, algunas aproximaciones antropológicas como la teoría de la “domesticación humana”, propuesta por Richard Wrangham, sugieren que el autismo podría representar una forma de desarrollo menos marcada por las presiones de conformidad social. En este marco, los individuos con menor inclinación hacia la sociabilidad o la sumisión podrían haber preservado rasgos humanos primitivos como la autonomía, la racionalidad objetiva o la capacidad de resistir las influencias grupales, contribuyendo así al equilibrio y la diversidad dentro de la comunidad.
En conjunto, estas teorías evocan una visión más rica y matizada del autismo, alejada de los modelos puramente clínicos y centrada en el valor funcional que estos perfiles podrían haber tenido en la evolución humana.
